Es lamentable lo que ha pasado con la escultura de David Padilla, arrancada de la plaza Vieja, arrojada a un vertedero confundida con chatarra, destruida. Las excusas que farfulló el concejal Eduardo Castro evidenciaron que al menos fue una acción involuntaria y que había voluntad de intentar reparar el desaguisado. Pero dejaron en evidencia la ignorancia extendida sobre la valoración que el patrimonio histórico de la ciudad suscita entre la ciudadanía y sus gobernantes.
Esta ignorancia debe ser combatida denodadamente, asimilándola como una materia transversal, junto con otras como el medio ambiente o el género, en el curriculum de cualquier cargo público, por muy humilde que sean sus cometidos. Lo que por ende supone que la escuela debería revisar sus postulados y preguntarse por qué aprendemos tantos nombres de monumentos y demostramos tan poca sensibilidad por los pequeños monumentos que vemos cada día, los únicos que nos podemos permitir ver cotidianamente.
Comprendo la indignación de David y agradezco que se haya avenido a hacer otra obra para que sigamos incluyéndola en nuestro a imaginario, como una referencia del recuerdo de cualquier momento en el que pasábamos junto a ella en el momento en el que hago pasaba en nuestra vida.
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